lunes, 30 de noviembre de 2015

MEDITACION DE ADVIENTO - DIA I


MEDITACION I
San Alfonso María de Ligorio


DEL AMOR QUE DIOS NOS MANIFESTÓ EN LA ENCARNACION DEL VERBO.



Et Verbum caro factum est.
Y el Verbo se hizo carne.


La Anunciación, Fra Filippo Lippi.

I. Dios nos creó para amarlo en esta vida y disfrutar después de Él en la otra; pero nosotros, ingratos, nos rebelamos con el pecado y le negamos la obediencia, por lo que fuimos privados de la divina gracia, arrojados del paraíso y además condenados a las penas eternas del infierno. Henos, pues, ya todos perdidos. Pero este Dios, movido a compasión de nosotros, resolvió enviar a la tierra un Redentor que reparase tanta ruina.

II. Y ¿quien será este Redentor? ¿Un ángel o un serafín? No; que para patentizarnos Dios su inmenso amor, nos envió a su mismo Hijo; Dios (envió) a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado. Envió a su Unigénito a revestirse de la misma Carne que teníamos los pecadores, excepción hecha del pecado, y dispuso que El, con sus penas y muerte, satisficiese a la divina justicia por nuestros delitos, librándonos así de la muerte eterna y haciéndonos dignos de la gloria perdurable.
Gracias, Dios mío, en nombre de todos los hombres, pues si no hubieras pensado en mi salvación, todos los hombres nos hubiéramos perdido para siempre.

III. Considera aquí el amor infinito que Dios nos mostró en esta gran obra de la encarnación del Verbo, disponiendo que su Hijo sacrificase la vida a manos de verdugos en la cruz, en medio de un mar de dolores e ignominias, para alcanzarnos el perdón y la salvación eterna. ¡Oh bondad infinita! ¡Oh misericordia infinita! ¡Oh amor infinito! ¡Un Dios hacerse hombre y venir a morir por nosotros, gusanillos!
¡Ah, Salvador mío!, dadme a conocer cuánto me habéis amado, para que a vista de vuestro amor reconozca mi ingratitud. Vos con vuestra muerte me librasteis de la perdición, y yo, ingrato, os he vuelto las espaldas para perderme de nuevo. Me arrepiento sinceramente de haberos hecho tamaña injuria. Perdonadme, Salvador mío, y preservadme en lo futuro del pecado; no permitas que vuelva a perder vuestra gracia. Os amo, querido Jesús mío, pues sois mi esperanza y mi amor.- ¡Oh María, Madre de este excelso Hijo, encomendadle mi alma!

























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