miércoles, 26 de agosto de 2015

EL DOCTORCITO DE SANTA ROSA DE LIMA

EL “DOCTORCITO”
de Santa Rosa de Lima
La Devoción al "Dulce Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón"
Venerado en la Basílica del Santísimo Rosario (Lima, Perú)
En el Concilio de Lyon, año 1274, el Pontífice Gregorio X dictó una Bula encaminada a desagraviar los insultos que se manifestaban contra el Nombre de Jesús.
Las Órdenes de Santo Domingo de Guzmán (Dominicos) y San Francisco de Asís (Franciscanos) fueron las encargadas de custodiar y extender dicha devoción por toda Europa. Así, Gregorio X escribió una carta a Juan de Vercelli, el entonces Superior General de los Dominicos, donde declaraba, "Nos, hemos prescrito a los fieles… reverenciar de una manera particular ese Nombre que está por encima de todos los nombres…".
Este acto resultó en la fundación de la Sociedad del Santo Nombre. Se decía que el Nombre de Jesús estaba en la boca de San Francisco "como la miel en el panal", y San Francisco mismo escribió, "ningún hombre es digno de decir Tu Nombre".
San Bernardo escribió sermones enteros sobre el Nombre de Jesús y dijo: "Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, un canto de delicia en el corazón".
San Buenaventura exclama, "Oh, alma, si escribes, lees, enseñas, o haces cualquier otra cosa, que nada tenga sabor alguno para ti, que nada te agrade excepto el Nombre de Jesús".
En 1571, San Pío V confirmaría las Archicofradías del Dulce nombre de Jesús confiándolas plenamente a los Dominicos.
En Perú, Isabel Flores de Oliva, “Santa Rosa de Lima”, se adscribiría a dicha devoción al ingresar a la Tercera Orden de Santo Domingo. Desde pequeña le manifestó al Niño Jesús de su casa un tierno amor y ante Él oraba frecuentemente. Ya desde los cinco años le hacía esta oración: "Jesús sea bendito y sea con mi alma. Amén". A medida que crecía la Santa aumentaba en ella el fervor y devoción a esta preciosa imagen. Ante ella aprendió a leer milagrosamente y de ella escuchó esta palabras: "Oh Rosa, Rosa, si hubieras conocido las mercedes que te hecho y el amor que te tengo, de otra manera me hubieras servido". Estas palabras la llenaron de una contrición tan aguda que le hubiera causado la muerte, si no fuera templado este dolor con una dulzura que le duró toda la vida. Al pensar en el amor que le tenía Jesús, lloraba de gozo se traducía en cariño que le obligaba a repetir constantemente: "Jesús sea bendito", "Bendito sea Jesús", y el Nombre de Jesús no se le quitaba de los labios ni de día ni de noche.
Conocía Santa Rosa como nadie las enfermedades corporales, porque su débil naturaleza no fue sino un semillero de dolencias. Nadie se compadece mejor del dolor ajeno que el que sufre lo mismo. Obtuvo de su bondadoso padre el permiso para utilizar como enfermería, un salón de su casa. Bien pronto se vio lleno de enfermos a quienes la Santa propinaba todos sus cariños y desvelos. Cuando las enfermedades eran graves, consultaba con su Niño Jesús, qué remedio había de darles. Se hizo tan famoso y proverbial en Lima el recetario de la Santa que todos los enfermos desahuciados acudían a Rosa, y Ella, haciendo oración a su "Doctorcito o Mediquito" como le llamaba en tono familiar, les obtenía la salud. Desde entonces, el "Doctorcito de Santa Rosa", por su intercesión, viene haciendo milagros sin cuento para remediar las dolencias humanas. Acudamos a Él con toda fe y confianza.


ORACIÓN AL “DIVINO DOCTORCITO”
Dulcísimo Jesús, que por nuestro amor os hicisteis Niño; dándoos el Padre Celestial un Nombre sobre todo nombre, para que ante Él doble la rodilla cuanto existe en los cielos, en la tierra y en los abismos. Os adoramos y reverenciamos en esta preciosa Imagen, interponiendo el valimiento de Santa Rosa, Hermana nuestra, para conseguir toda clase de bienes espirituales y temporales. Concedednos, por su intercesión, la gracia de invocaros con fervor, serviros con fidelidad, y amaros sin cesar, de tal manera que seáis como la respiración incesante de nuestro espíritu; y protegidos por la virtud omnipotente de vuestro Nombre, logremos pasar sin riesgo las tempestades de esta vida y en la hora de nuestra muerte exhalemos nuestro último suspiro repitiendo como vuestra esposa Rosa de Lima: "Jesús, Jesús, sea conmigo". Amén.
Divino Niño Jesús, ten misericordia de nosotros.

Santa Rosa de Santa María, ruega por nosotros.








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